Paralelismos Plásticos

Encuentro de una nueva generación

Abstracción y construcción geométrica

En México, la abstracción geométrica tomará importancia en los años setenta y tiene sus antecedentes en la obra de Carlos Mérida, Gunther Gerzso y Mathias Goeritz. Mérida tuvo una breve incursión en el abstraccionismo durante los años veinte. Luego volvió definitivamente a la figura y la fue alejando del naturalismo, hasta llegar a geometrizarla logrando un dinamismo de planos y colores. Para finales de los años cuarenta abandona ese lirismo extremo y va orillándose a una expresión de abstracción geometrizante. En tono mayor (s. f.) es una gráfica de Mérida que pertenece probablemente al periodo de los años cincuenta, ya que en este tiempo el artista guatemalteco experimentó con diferentes técnicas, como la litografía y la serigrafía. La pieza está formada a través de una rítmica composición de ejes relacionados con la música, afinidad que el maestro declaró en su Autorretrato: “Hay en mí, latente sin duda, un músico en potencia que no se manifiesta sino por los colores”.

“Hay en mí, latente sin duda, un músico en potencia que no se manifiesta sino por los colores”.
Carlos Mérida

La obra de Gerzso de los años setenta, se refugió en un estilo que el mismo artista desarrolló durante la década de los cincuenta, de diseños rectangulares y diversos tamaños, trazados a base de líneas definidas, ya sea que se trate de paisajes o de obras inspiradas en la arquitectura prehispánica, como lo representa Paisaje verde azul rojo (1977) cuya composición planiforme encuentra volumen y profundidad por un hábil manejo del color.

Manuel Felguérez y Pedro Coronel fueron de los artistas mexicanos que tuvieron una visión más cercana a la abstracción de tendencia geométrica con una perspectiva más internacional, sobre todo el primero. En otro ámbito, con una vocación más constructiva, figuran Feliciano Béjar Ruiz (1920 – 2007), Pedro Friedeberg (n. 1937), Enrique Carbajal “Sebastián (n. 1947) e Ignacio Salazar (n. 1947). La importancia de Felguérez en la expresión geométrica, se hizo notar durante la celebración de una mesa redonda que tuvo lugar durante la primera muestra del Salón Independiente, la cual se celebró en el Centro Cultural Isidro Fabela en 1968. Sus obras Minuto de hielo (1985) y Niños de Morelia (1986) se inscriben dentro de un lenguaje abstracto en el que combina una materia visceral, con relieves poblados de formas inorgánicas, dentro de una estructura geométrica rigurosa.

Las propuestas de los artistas que incursionaban en la abstracción geométrica hallaron un espacio de diálogo y confrontación a través de dos exposiciones, organizadas por el entonces director del Museo de Arte Moderno, Fernando Gamboa: El geometrismo mexicano. (1976) y Creadores Latinoamericanos Contemporáneos, 1950 – 1976 (1976). En ésta última, uno de los artistas participantes fue Pedro Coronel, quien se interesó por un estilo semi-abstracto opuesto, en construcción, al geometrismo concreto, para dar mayor libertad a su excelente manejo del color y los planos. Pedro retomó parte del cubismo, el expresionismo y el geometrismo inspirado en formas y matices del arte prehispánico. En México (1982) el artista zacatecano plasmó parte de su concepción abstracta y su particular geometría orgánica, conformada por seres mitológicos y mágicos a través de una paleta brillante que no cae en un matiz ruidoso. Su obra ha influido en diversos artistas; de manera fundamental se manifestó en la formación del oaxaqueño Rodolfo Nieto (n. 1936 - 1985), quien dirigió su obra, a través de una semi-abstracción y configuraciones geométricas, hacia una síntesis estética entre el refinamiento europeo y a la tradición de lo mexicano, lenguaje pictórico que perfeccionó durante su estancia en París (1959 a 1968) y que se vio enriquecido por su apego a la música y la literatura.

Iniciando la década de los sesentas, la idea de transformación del ambiente urbano en México había hecho eco en algunos artistas dando como respuesta la introducción de elementos que contrarresten el carácter deshumanizador y caótico propio de las grandes capitales, aquí el geometrismo tuvo un punto de apoyo fuerte e indudable, situación que llevó a varios artistas a interactuar entre el arte, la ciencia y el juego. Feliciano Béjar recobró, por su parte, el valor de reciclar como un acto creativo y restaurador. Uno de los hechos que permitió una apertura a toda una generación de escultores vanguardistas sucedió en 1966 en el Museo del Palacio de Bellas Artes, cuando se abrió la primera exposición donde aparecieron los “magiscopios” de Béjar. En estas esculturas, instrumentos de acero reciclado con lentes encapsulados que producen visiones espectaculares, se fundió por primera vez la óptica con la estética. Son piezas que constituyen parte de la concepción que tenía el artista para entender el arte como un juego.

Sebastián también buscó un camino entre el arte y la ciencia, encontrado en la geometría, la cristalografía y la topología; a partir de los cinco cuerpos regulares, tetraedro, exaedro, octaedro, dodecaedro e icosaedro, aplicó los principios que operan en el corte cristalográfico, en tal forma que cada estructura seccionada es capaz de generar otras, formando una cadena o sucesión de formas que puede expandirse o constreñirse a voluntad. Una tarea equivalente parece suceder con Pedro Friedeberg en el que sus composiciones funcionan como híbridos constructivos, que “a veces no tienen más función que abarcar un espacio que repulsa los vacíos, a no ser que éstos se conviertan en receptáculos de una proliferación, diríase cristalográfica” de elementos cargados de simbolismos místicos, metafísicos, hindúes y aztecas. Por otra parte, Ignacio Salazar se concreta a un plano bidimensional, sus pinturas son construidas a partir de principios que obedecen una simetría rotatoria, es decir, opuesta a la simetría bilateral, como lo ejemplifica la obra El templo de Chac II (1985), donde se centra en organizar y estructurar formas sobre soportes de formica cuadrados.

“...a veces no tienen más función que abarcar un espacio que repulsa los vacíos, a no ser que éstos se conviertan en receptáculos de una proliferación, diríase cristalográfica”.
Teresa del Conde

Con una propuesta diferente, Eduardo Tamariz (n. 1945) presenta una configuración de planos estructurales que se acercan más a una visión geométrica tridimensional. Tamariz aborda el espacio y los cuerpos que habitan en él, “se permite libertades formales al presentar sus planos colorísticos, tonos y líneas que los convierten en cosas sólidas, físicamente hablando, hasta llegar a alcanzar un grosor que proporciona un aire desprendido, aislado, en que se advierten fases que semejan collages y efectos de trompe-l’oeil (…)”.