Paralelismos Plásticos

Encuentro de una nueva generación

Nueva Presencia

Durante la misma generación surgió una contrapropuesta plástica a la Ruptura: la Nueva Presencia, cuya ideología inicial se dio entre Arnold Belkin (1930 - 1992) y Francisco Icaza (n. 1930). Los interioristas se sentían atraídos por los escritos del poeta y periodista norteamericano Selden Rodman, sobre todo en su libro The Insiders: Rejection and Rediscovery of Man in Arts of Our Times, que combatía el expresionismo abstracto por ser “herramienta del imperialismo cultural” razón por la que decidieron autonombrarse “los interioristas”, en tanto que sus escritos y la agrupación en general, es la que se conoce como Nueva Presencia. Este movimiento rescataba el significado humanista e intentaba expresar la condición del hombre contemporáneo en la tradición de Orozco, mientras que para los de Ruptura el antecesor espiritual era Tamayo.

En el catálogo publicado como producto de la exhibición Los ‘interioristas’ y su nueva presencia en el arte en México en 1962, se enuncian parte de sus posturas: “niegan la negación propuesta por el abstraccionismo —que a su vez se rebelaba contra la ineficiente y anti-creadora reproducción del mundo objetivo, visible y palpable—, para confirmar la obligación del arte a expresar, por medio de concreciones, lo concreto de una vida que no sólo está formada por sueños, aspiraciones más o menos vagas, e incursiones por el terreno de la metafísica, sino por una realidad absorbente, imposible de escamotear”. Los interioristas expresan el mundo que los rodea de acuerdo con su propia visión interior, recurriendo fundamentalmente, a la carga de emoción que llevan en su propio yo. El hombre aparece sin determinaciones raciales o sociales.

“...niegan la negación propuesta por el abstraccionismo —que a su vez se rebelaba contra la ineficiente y anti-creadora reproducción del mundo objetivo, visible y palpable—, para confirmar la obligación del arte a expresar, por medio de concreciones, lo concreto de una vida que no sólo está formada por sueños, aspiraciones más o menos vagas, e incursiones por el terreno de la metafísica, sino por una realidad absorbente, imposible de escamotear”.
Antonio Rodríguez

A pesar de que las creaciones plásticas de los interioristas se contraponen a la de los rupturistas, entre los dos bandos existen coincidencias palpables; ambos se desentienden del nacionalismo, ninguno se dirige concretamente a una clase a la cual es menester salvar, como lo hizo la Escuela Mexicana de Pintura, asimismo no les preocupa ni el relato, ni la ilustración de sucesos históricos.

Entre los artistas de esta nueva figuración, que se presentan en la exposición están: Francisco Corzas (1936 – 1983), Rafael Coronel (n. 1931) y Alfredo Castañeda (n. 1938). Corzas forma parte de los románticos que se integraron a una iconografía de ensueño con sus personajes sombríos y taciturnos de reminiscencias clásicas. El rostro fantasmal de El profeta (1973) de Corzas se presenta mudo, tiene como tema el cuerpo humano mutilado, cuestión que había fascinado al artista desde sus inicios. Por otra parte, al igual que los demás interioristas, Alfredo Castañeda está en una búsqueda constante de su propio yo, entre una cuestión de identidad y tiempo, Alfredo trabaja sobre el simbolismo y la composición formal del arte medieval, el cual ha estudiado profundamente.

Respecto al artista zacatecano Rafael Coronel, quien en realidad ha manifestado poco interés en actuar como miembro de un grupo, por lo que poco le interesó la convivencia con los interioristas, sigue hasta ahora, desarrollando su obra al influjo de su marcada personalidad. Sin embargo, se ha considerado como parte de esta corriente, ya que los se interioristas se conforman por aglutinación natural, es decir, no tienen disciplina de grupo y más bien tienen presencia en forma de movimiento. Aunque el maestro también es uno de los creadores que reúsan repetir las formas exhaustas de la Escuela Mexicana, su obra tiene tendencias hacia el realismo mexicano propuesto con una nueva figuración; Muchacho del mercado (1965) es una pieza que, si bien tiene reminiscencia con el arte de tradición por los trazos de su dibujo, encapsula un momento preciso a través de una nueva asimilación del espacio y el tiempo: es la acción de la entrada de un joven a lo efímero de un pensamiento profundamente inconsciente. Esta situación se acentúa por la monocromía de los colores tierra sobre el fondo casi blanco, que representa lo instintivo, sin barreras.